Game Over

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No veremos a una presidenta de EE.UU. Al menos no durante los próximos cuatro años. Si había alguna posibilidad de que Hillary Clinton se sacara un as de la manga y ganara las elecciones, ayer se esfumó por completo. El vídeo en el que se desmaya tras ser forzada a abandonar el homenaje en el aniversario del 11-S es demoledor. No sólo por las propias imágenes, que ya de por sí acabarían con la carrera política de cualquiera —sobre todo en la recta final de una campaña electoral, y sobre todo en EE.UU.—, sino por toda la carga simbólica que las precede. Este tuit refleja muy bien lo que se ha grabado en el cerebro de todo el mundo tras ver a Clinton desmayarse y ser atendida en el mismo punto exacto en el que la capital de Occidente sufrió el peor ataque de su historia hace quince años.

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El resto es humo. No importa si el desmayo se debió a un golpe de calor, como se dijo por la mañana, a una neumonía, como se afirmó más tarde, o porque simplemente estaba cansada o se encontraba mal (en mi opinión la hipótesis más creíble). La sola imagen de la caída es letal para su marca, y más en ese país. Ver desmayarse de esa manera a una persona que se está vendiendo como la candidata ideal para ser comandante en jefe de la primera potencia militar, nada menos que en el lugar donde hace quince años perdieron la vida miles de personas en un ataque sin precedentes, sugiere cualquier cosa menos madera presidencial.

Capítulo a parte merece la reacción de la prensa, siempre dispuesta a salir al rescate de cualquier controversia que afecte a su candidata (justo lo contrario que hacen con Trump, a quien atacan a la mínima oportunidad y con lo que sea). Ayer era cómico ver a tantos corresponsales españoles en EE.UU. encendiendo el ventilador para desviar la atención e intentar quitarle hierro al asunto. Desde equiparar este episodio a otro vivido por George W. Bush una vez que se atragantó con una galleta a pedir que Trump enseñe su historial médico (como si el votante necesitara ver los antecedentes de alguien que celebra dos o tres mítines diarios sin soltar una gota de sudor), todo sonaba ciertamente ridículo. Y es que de pronto, la misma prensa que lleva meses descartando como teorías conspirativas cualquier duda sobre la salud de Hillary Clinton, a pesar de los numerosos indicios, nos decía que ahora sí podemos especular con la salud de los candidatos. Eso sí, con la de los dos, no vaya a ser que parezca que su favorita es la única que no está en forma.

Por supuesto, con esto, el equipo propagandístico de Clinton (no vale la pena seguir llamándoles periodistas) también intentaba convertir el caso del desmayo en una cuestión de falta de transparencia. «Hillary tenía que haber hecho pública su neumonía desde el principio. Y Trump tiene que enseñar su historial médico. Y de paso, su declaración de impuestos», dijeron. Como si ése fuera el problema.

La realidad es que no importa si Clinton ocultó que tenía una neumonía (versión que tampoco ha intentado contrastar nadie a pesar de que ha cambiado tres veces en una semana, primero una alergia, luego un golpe de calor y ahora esto), sino la imagen del desmayo en sí, ahí, en plena zona cero. Porque no estamos ante una cuestión de transparencia o de cuán grave sea la supuesta enfermedad de Hillary. Todo EE.UU. sabe que los dos candidatos presidenciales mienten y que lo hacen de manera continua y sistemática. El votante ha vivido mucho y cuenta con que todos los políticos mienten. Algo así no le va a abrir los ojos. Lo que estamos es ante una cuestión simbólica. Y como digo, ver a una potencial presidenta desplomarse en el lugar en el que hace quince años se desplomaron las torres gemelas evoca cualquier cosa menos sensación de seguridad. No importa si te gusta Hillary o no, la parte inconsciente de tu cerebro lo va a ver así por mucho que tú no quieras, y más si vives en un país que invierte la mitad de su presupuesto en defensa.

Por eso ayer era gracioso ver a gente como Michael Moore dirigiéndose a Clinton a través de Twitter para decirle que no se preocupe, que se tome una o dos semanas de descanso y que ya se encargan de todo él y sus seguidores. No se me ocurre nada más descabellado y menos útil para intentar ayudarla. Porque sí, puede sonar muy bonito, «stronger together» y todo eso, ¿pero a quién le puede hacer gracia tener un presidente que necesita ser atendido por sus ciudadanos en lugar de ser él quien los atiende y lidera?

Y esto no fue lo peor. Otros intentaban desviar la cuestión diciendo que Hillary había demostrado mucho coraje al atender un homenaje a las víctimas aún estando gravemente enferma. «Es lo que hacen las mujeres», dijo una tuitera. Qué entrañable, si no fuera porque ese punto de vista sólo refuerza otra de las líneas de ataque de Donald Trump, la de que su rival no tiene buen juicio (la primera es que le falta energía). Y es que si ése fuera el caso, ¿no habría sido más sensato seguir los consejos del médico y quedarse en casa descansando? ¿Contradecirá igual Clinton a los expertos en otras materias cuando tenga que tomar decisiones que afecten al resto de ciudadanos? Éstas son las conexiones que hace nuestro subconsciente cuando ve este tipo de cosas, aunque no nos enteremos.

Supongo que este incidente no se reflejará en las encuestas de forma inmediata. Incluso puede que por lástima o simpatía le dé algunos puntos extra a Hillary en las próximas dos semanas. Pero el 8 de noviembre, el día que los estadounidenses voten en la intimidad de una cabina electoral, pocos van a tener ganas de entregar su papeleta a alguien que parece incapacitado físicamente para liderarles y protegerles. Después de todo y como decimos siempre en este blog, el ser humano toma todas sus decisiones en base a sus emociones, aunque luego las racionalice a su medida. De hecho por eso Trump produce ese miedo irracional en algunos. El problema es que Hillary ya no es materia presidencial. Esto es game over.

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