Meltdown

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Lo reconozco, estoy disfrutando viendo la crisis nerviosa colectiva en la que han entrado tantos famosos tras la victoria de Trump. Tiene algo de bonito ver a tanto paladín de la sofisticación y el buen gusto perder los nervios en directo después de años y años aguantando su hipocresía, su falsa superioridad moral, sus frases hechas y sus linchamientos a todo el que no se plegara a ellos.

Ver llorar (literalmente) a tantos periodistas y comentaristas tras el zas que les ha dado un personaje al que hasta ayer no paraban de insultar y ridiculizar de manera salvaje no tiene precio, y es algo que probablemente no volveremos a ver en décadas. Porque eso es a lo que se ha dedicado la prensa en los últimos años: a repartir carnets de ciudadano ejemplar. Y el que no era merecedor del mismo o no estaba interesado, directamente era arrojado a los leones.

No nos engañemos, los medios no lloran porque Trump vaya a llevar a cabo esta o aquella política. Eso les da completamente igual. Ya hemos visto cómo retuercen los argumentos para apoyar un día una cosa y al siguiente la contraria. ¿Recordáis el NO a la guerra de Irak y el ME DA IGUAL a las cinco guerras que Obama deja en herencia a su sucesor? En realidad lloran porque son conscientes de que han perdido su poder intimidatorio. De que, por cosas como ésta, la mayoría ya no sólo no les hace ni caso, sino que ni siquiera les tiene un poquito de respeto.

Ya no es como antes, cuando un simple editorial del New York Times o El País podía hacer tambalear a un gobierno. Eso se acabó. Ahora tiene más repercusión un vídeo de El Rubius. Y claro, duele. Pero se acabó porque ellos mismos se han empeñado en que se acabe, por confundir sistemáticamente su papel de informar con el de educar, como si los ciudadanos fuéramos menores de edad. Por retorcer y ocultar la realidad para hacer que ésta encaje con sus prejuicios, que no son otros que pensar que todo el mundo es malo o idiota menos ellos.

La gente se cansa de recibir moralina, sobre todo cuando ésta viene en forma de insultos (racista, fascista, machista, ultra) y cuando el que la reparte es alguien cuyo único mérito es tener un máster. O un apartamento chachi en Dupont Circle. Gente que además ni siquiera pretende convencerte de sus ideas –carece de ellas–, sino restregarte lo inteligente, buena y sofisticada que es. Como esta carta abierta de una periodista del Huffington Post a su propio padre, en plan «fijaos qué buena soy que hasta soy capaz de humillar a mi padre en público por no haber hecho lo correcto». Asco.

Los periodistas llevan demasiado tiempo desconectados de sus lectores. Sus artículos no buscan informar, ni siquiera influir. Sólo agradar al resto del gremio, demostrar que siguen en el candelero. Y para eso basta con ser muy políticamente correcto y hablar muy bien del personaje que esté de moda en ese momento. O muy mal del que se atreva a llevarles la contraria. Todo con tal de ser aceptados en el club de la petulancia. Un club, por cierto, en el que no hay amistades ni lealtades, sino que todo el mundo está esperando a que otro miembro cometa un fallo para poder machacarle a él también. Menudo negocio.

Todo esto se acabó el martes pasado. El festival de lloriqueos que estamos viendo marca el fin de una etapa oscura en la prensa. Una etapa dominada por la arrogancia, el esnobismo, los insultos, las etiquetas y el escarnio público. Ya no dan miedo. Ya ni siquiera infunden respeto. Y lo saben. Disfrutad del espectáculo porque una caída así sólo se ve una vez en la vida.

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2 comentarios en “Meltdown

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